Como comentaba en el artículo anterior, a pesar de que conceptos como el de inteligencia emocional estén ampliamente extendidos, continuamos divididos y polarizados entre razón y emoción.

Recibimos mensajes opuestos y unilaterales al respecto: debes ser razonable, simplemente sigue a tu corazón, etc. Unx no sabe muy bien cuál es la opción adecuada a escoger ante tal disyuntiva. Por un lado, intelectualizar demasiado nos resta espontaneidad y vitalidad, por el otro, seguir impulsivamente nuestras emociones también puede acarrearnos muchas dificultades en el camino.

 

 Sigue a tu corazón pero lleva contigo a tu cerebro.
-Alfred Adler-

 

Existe una razón, o cientos, para que seamos seres emocionales al igual que para que seamos seres racionales. Por ello y porque es fundamental para nuestro bienestar psíquico es necesario sanar esta fractura, restablecer la división cerebro-corazón, integrar razón y emoción.

 

Inteligencia emocional

La inteligencia emocional es la capacidad que tenemos para identificar, comprender y manejar nuestras propias emociones de forma socialmente adaptativa.

Daniel Goleman la definió como la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de manejar adecuadamente las relaciones. También estableció cinco componentes básicos de la inteligencia emocional: autoconciencia, autorregulación, automotivación, empatía y habilidades sociales.

Más allá de la definición específica que escojamos, una cosa queda clara: para desarrollar esta inteligencia emocional, vamos a necesitar que cerebro y corazón colaboren. La razón debe estar supeditada a la emoción, así como la emoción ha de estarlo de la razón. Son dos jugadores que juegan en el mismo equipo, que necesitan conocerse y optimizar sus habilidades y funciones de forma cooperativa para obtener los mejores resultados posibles.

 

Integrar cerebro y corazón

En primer lugar, aclarar que usar los términos cerebro y corazón como analogía de la razón y la emoción no deja de ser una metáfora. Además, cualquier división que hacemos de este tipo, como la clásica mente-cuerpo, es útil para conceptualizar y facilitar la comprensión de ciertos tipos de información pero son divisiones más teóricas que prácticas. En última instancia, el cerebro es cuerpo y todo lo que sucede en el cuerpo pasa por el cerebro.

Emoción y razón son procesos inseparables. Por mucho que intentemos anular nuestras emociones seguirán influenciándonos y si las intentamos seguir ciegamente nuestro raciocinio también estará ejerciendo su influjo.

El «cerebro emocional» nos ofrece una sabiduría diferente a la que nos ofrece el «cerebro racional». Las emociones movilizan y dirigen al pensamiento y también completan sus deficiencias. Esta información es muy rica pero, del mismo modo, suele ser el resultado de una evaluación muy rápida y nada razonada por lo que también puede ser imprecisa y, en ocasiones, estar equivocada. Así que también es necesario que el pensamiento nos guíe ante nuestras experiencias emocionales. Como dice Greenberg, dejemos que nuestras emociones nos movilicen y que nuestra razón nos guíe. 

 

Es muy importante entender que la inteligencia emocional no es lo opuesto a la inteligencia, no es el triunfo del corazón sobre la cabeza, es la intersección de ambas.
-David Caruso-

 

Solemos creer que la emoción es un problema en sí misma, algo que nos invade y sufrimos pasivamente. Pero el problema real aparece cuando no sabemos leer y aprovechar la información que nos traen estas emociones, cuando nos enredamos en ellas y nuestra ignorancia emocional las convierte en un problema más.

Por ello, lo que va a marcar la diferencia es esta integración, cómo le damos sentido a nuestra vivencia emocional. Integrar la emoción con la comprensión de la misma, de nosotrxs y del mundo.

Como explica Greenberg, nuestras emociones realizan la primera evaluación de los sucesos, desde el punto de vista de cómo afectan a nuestro bienestar, sin ni siquiera haber tenido un pensamiento consciente. Una vez con esa emoción haciéndose eco en nuestro interior, necesitamos evaluar si son adaptativas y saludables. Necesitamos pensarla y decidir cómo actuar al respecto: seguir con el impulso, transformarlo, posponerlo, etc. La cuestión es no estar dominadxs por nuestras emociones ni tampoco dejar de estar en contacto con ellas.

 

Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso no resulta tan sencillo.
-Aristóteles-

 

Cuando recibimos un mensaje emocional indicador de que hay un problema, necesitamos actuar con conciencia, reflexionar acerca de lo que está ocurriendo, y crear soluciones a esas circunstancias. Las emociones exponen los problemas para que la razón los resuelva.

Es importante que no estemos solo impulsados por la emoción sino que consideremos las posibles consecuencias futuras de nuestras acciones. La razón nos ayudará a valorar cuál es la respuesta más conveniente para nosotrxs, en función de nuestros aprendizajes pasados, de nuestra capacidad de predicción, del contexto social y de muchas otras variables que pueden entrar en juego. No solo se trata de hacer aquello que nos hace sentir bien sin atender a las consecuencias.

En definitiva, nuestra inteligencia emocional implica integrar muchas voces dentro de nuestro Ser, entre ellas la voz emocional y la voz racional. Encontrar cierto equilibrio entre estas voces nos enriquece y armoniza, nos dota de más consciencia y potencia nuestra capacidad de autoregulación y de relacionarnos con los demás.

 

Tú marchas al son de muchos tambores, bailas al son de muchas músicas y es preciso integrarlas todas, especialmente tu cabeza y tu corazón, si es que quieres marchar al paso contigo mismo.
-Leslie Greenberg-

 

»No dudes en contactarme si tienes alguna consulta o si deseas iniciar un proceso psicoterapéutico para aprender a gestionar tus emociones.

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