¿Cómo afecta el ritmo desenfrenado que llevamos y el estrés a nuestra sexualidad? ¿Qué consecuencias comporta el culto a la velocidad, a la productividad y a la eficiencia a nuestra vida sexual?

La semana pasada pillé una infección. Nada grave, pero como toda enfermedad me ofreció un tiempo para parar, descansar y reflexionar. Sin tener que profundizar demasiado, concluí que llevaba unos meses muy estresada, con un ritmo de trabajo frenético y que caer enferma era la consecuencia inevitable.

Fruto de esta experiencia y debido a que quería escribir un artículo sobre sexualidad, me he centrado en algo que observo continuamente en terapia y en mi propia experiencia.

 

La prisa como estilo de vida

Vivimos tiempos acelerados. Estamos en una sociedad hiperactiva y alterada, la sociedad del no tengo tiempo.

Somos esclavxs de agendas imposibles y de ritmos frenéticos de producción laboral e incluso de ocio (hay que hacer, hacer, hacer). Se nos exige -y nos exigimos- que todo se haga a gran velocidad en todos los ámbitos.

Vivir estresadxs, con prisas para todo (lo que algunos han denominado «la enfermedad del tiempo»), tiene sus repercusiones en el ámbito personal y relacional. Y es que estamos agotadxs y nos falta tiempo, incluso para dedicarnos a nosotrxs mismxs y a nuestros seres queridos

Nos alejamos de los ciclos y procesos naturales. Desatendemos el presente, enfocándonos en el futuro y sobrepasadxs por la exigencia de hacer muchas cosas a la vez.

 

Cuando las cosas suceden con tal rapidez, nadie puede estar seguro de nada, de nada en absoluto, ni siquiera de sí mismo.
-Milan Kundera-

 

Las nuevas tecnologías, y especialmente Internet, están moldeando nuestra necesidad de obtener resultados inmediatos y del multitasking. Desde hace unos años, cualquier acción es frecuentemente acompañada del uso del móvil.

La velocidad marca nuestros pasos y así nos perdemos disfrutar del camino. Es difícil contemplar, escuchar y sentir nuestro entorno cuando vamos corriendo a todos lados y así, poco a poco, nos desvinculamos y distanciamos del medio y de los demás.

Para desconectar de este ritmo ansiógeno, solemos conectarnos a la tele o al móvil, algo que paradójicamente nos deja sobreestimuladxs y cargadxs energéticamente.

 

Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.
-Carl Honoré-

 

Cuando la prisa se ha vuelto nuestro estilo de vida, estar desocupadx produce malestar. No hay espacio para el silencio, para contemplar, para sentirnos y para todas aquellas cosas que no parecen productivas.

Esta actitud acelerada y de rendimiento se ha extendido de lo laboral a todos los ámbitos de nuestra vida: nuestras relaciones sociales y familiares, nuestra forma de comer, de viajar, de organizarnos los fines de semana, nuestra relación con nosotrxs mismxs (tenemos que ser nuestra mejor versión, llegar a la excelencia y a poder ser, hoy mismo) y en lo que voy a centrarme, nuestra sexualidad.

 

Sexualidad en la era del estrés

Una demanda muy común en terapia es la insatisfacción en las relaciones sexuales. La persona o pareja está desmotivada, considera que tiene poco deseo sexual o una baja frecuencia de relaciones sexuales.

Desde el punto de vista psicológico, emocional y relacional hay muchos aspectos que se pueden trabajar pero, cada vez más, me encuentro con un muro que a veces parece infranqueable y es la falta de tiempo, el cansancio y el estrés.

Así que respondiendo a la pregunta inicial ¿Cómo afecta todo esto a nuestra vida sexual? La respuesta, obviamente, es deteriorándola.

Las prisas y el estrés también influyen en nuestra manera de concebir y practicar el sexo. Dedicamos mucho tiempo de nuestra vida a cumplir objetivos o logros y a demostrarlos en las redes sociales y hemos dejado de lado el placer por el puro placer.

 

El principio del rendimiento, que hoy domina todos los ámbitos de la vida, se apodera también del amor y de la sexualidad.
-Byung-Chul Han-

 

El sexo se ha vuelto otra obligación más con la que debemos cumplir. Y por cumplir me refiero a una frecuencia supuestamente adecuada y de llegar al orgasmo sí o sí y si es mediante ejercicios atléticos que demuestren nuestra valía mucho mejor.

Esta vivencia de obligación y el miedo a «fallar» (no alcanzar el orgasmo, que nuestrx compañerx no llegue, durar poco tiempo o demasiado, etc.) suele añadir una presión añadida que se suma al estrés que llevamos de base.

Además, estamos agotadxs y tenemos serias dificultades para hallar tiempo para los encuentros sexuales (con otra persona o con nosostrxs mismxs). Cuando lo encontramos, la calidad del encuentro está supeditada a nuestro estado físico y emocional, que es algo frágil.

En muchas ocasiones, lo hacemos con prisas, por cumplir o por descargar el estrés, sin disfrutar plenamente del momento y tratando de llegar lo antes posible al orgasmo. Porque eso es lo que producimos ¡orgasmos! ¿Pero cómo vamos a disfrutar relajadamente del viaje si solo estamos pensando en la hora de llegada?

 

La mayoría de los hombres busca el placer con tal apresuramiento, que pasa de largo por su lado.
-Soren Kierkegaard-

 

El estrés tiene el potencial de impactarnos física, emocional y relacionalmente. Aumenta los niveles de cortisol, lo que inhibe la producción de hormonas sexuales (andrógenos y estrógenos) con la consecuente reducción del deseo sexual. Y es que en momentos de estrés, nuestro organismo se centra en sobrevivir, no en procrear.

Las prisas, el estrés y enfocarse en el rendimiento puede afectar a todas las fases de la respuesta sexual (deseo, excitación, orgasmo, satisfacción, etc.) De igual forma, influye enormemente en el contacto y en la relación con nuestrx compañerx de cama.

En el siguiente artículo concluiré el tema, desarrollando como algunos aspectos de nuestra sexualidad (intimidad, sensualidad, creatividad, etc.) se pueden ver afectados por estos condicionantes.

 

»Puedes encontrar más información sobre cómo funciona un proceso terapéutico enfocado en la sexualidad aquí.

 

Recomendación bibliográfica: La lentitud. Milan Kundera

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